viernes, 15 de julio de 2011

Crucifixión

Ayer fui crucificado, y en mi crucifixión
crucificaron a la última mujer que amé.
Volví bajos sus brazos solo por respeto al sujeto
que algún día fui, ése mismo que deseaba compartir
los secretos de la nostalgia de la primavera
junto a ella.

La dama en el firmamento, es sólo un nombre, un mito dictado
por alguna civilización antigua que veía
en una roca o en el movimiento de las gaviotas
a su dios. Creo en mi dios, el cree en mí, pero
yo dejé de creerle a él.

Creí en el buen amor, y glorifiqué finalmente
su altar con un par de rosas, pero en cambio,
el cielo se tiñó de gris, y a su vez las rosas volaron
entre el viento y se hicieron cenizas frente a mí,
observando así, el fatal destino de mi última esperanza.

Insensibilidad, es una condena más benigna que
la soledad y es la invitación para la muerte.
No me importa si él o ella caen en la absurda paradoja
del dolor irremediable, ahora sólo soy un titiritero
que se mofa de sus debilidades y actúa por su cuenta.

Éste es el precio a pagar por inventar falsos mundos
y crear amores de la nada partiendo de las esencias.
Y la mujer que más amaba, ¡oh, a ella a quien pertenecen
mis pensamientos!, me dejó solo hace ya bastante tiempo,
y la última mujer que amé, poco le importó
mi despedida, hizo de su juego la desidia,

y sólo
me vio arrodillado a sus pies.

Cada día camino más del lado de la oscuridad,
se dice que la luna sale de su lugar una vez cada
cierto tiempo, ante los demás, actuaré de la misma
manera; saldré de las tinieblas, una vez
cada cierto tiempo.

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