Arriendo mi corazón a cualquier inquilino que disponga de los medios,
preferiblemente mujer de alma blanca
que vea en la dulzura de los sueños
la ecuación en entredicho de una inagotable sonrisa.
Posiblemente mi arrendatario tendrá identidad propia,
o será un ente carente de visibilidad,
un suspiro, un ideal, o una foto de algún
invento soñado de mi imaginación.
De tener identidad se lo arriendo a un pintor,
otorgándole un permiso para que describa un paisaje en las paredes,
de alguna guerra entre un caballo y un becerro,
o entre los adoradores de uno y del otro.
Si es carente de visibilidad, que sea su inquilino el viento,
pero sólo si lleva entre su equipaje las voces
de quienes mirando el firmamento gritaron un deseo.
No quiero que se escuchen los deseos,
sólo su fuente de inspiración, que resuene como eco.
Le arriendo mi corazón al suspiro de viejos amores que nublaron mi conciencia,
no es por las personas sino por la sonrisa que me inspiraron su presencia,
y quiero que el suspiro tenga un sabor a estrella,
con un parfum de fenme, siempre que llegue de alguna brisa de otoño.
Que el ideal como arrendatario sea de los sueños más allá de los sueños,
del resultado de algún sacrificio en la mente
que surgió de las cenizas por labrar su propia realidad,
crucificado o en la caprichosa soledad, da igual,
pero que sea un objetivo construido sin ser descubrimiento.
y si es a una foto, que sea de mi lugar perfecto,
del labrador ladrando sobre el prado, mientras los niños corren tras su cola,
observándolos junto a mi esposa en mi mecedora en movimiento.
Arriendo mi corazón a cualquier inquilino que disponga de los medios,
preferiblemente mujer de alma blanca,
que no sólo lo habite, sino que lo reconstruya,
y haga de él un mundo superior al de aquel viejo anaquel
que terminó siendo un recuerdo de papel.


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