II. Destino
“Yo no saborearía la dulzura de volar, solo extendería mis brazos, y esperaría a que los sujetos del mundo, en un intervalo de tiempo miren al cielo, y cuando vean una sombra deslizándose entre el viento, sabrán que algo ha pasado.
Simplemente me desplazaría sin rumbo, cerraría mis ojos, no buscaría motivos para justificarme o para llamar la atención, sólo me reiría de los sujetos, que creen ver a un hombre que cae hacia su destino, pero que no se percatan que vuela buscándolo”.
La mañana era fría, pero no era ese frío de costumbre, que me cobijaba en un estado de alejamiento, luchando día a día en contra de un sujeto que desconocía y contra otro que conocía muy bien pero que quería dejar de ser. ¡Oh aquellos tristes tiempos!, en etapas de soledad, un sujeto observa el paraíso en cualquier fragmento de vidrio que haga un prisma con la luz del sol, pero una llave de salida, que es un camino más rápido al habitual, hace que el sujeto se desconozca, que enloquezca, que vea poder donde tan solo ve rencor, que saque de sí su lado maniático y enfermizo. Pensándolo bien, la soledad, mi irreprochable amante, a pesar de todo hizo un gran trabajo, por un momento hizo lúcido a un sujeto que cuestionando e interrogando podía tener al mundo en sus manos, pero a costa de un precio que no estaba dispuesto a pagar, siéndole fiel a ella y destruyendo lo que otros llaman a su situación “vida”. Confieso que estuvo a punto de lograr hacer de mí ese sujeto, sólo que no contaba con aquel resplandor, que traspasando el tiempo, puso fin a esa agonía. Ese resplandor, el cual llamé arquetipo, fue determinante para sentir los vientos de libertad. Muy dentro de mí sabía que era real, que existía, que no era otro juego ideado con alguna finalidad de hacer más extensible mi locura, no, ella era verdadera, y me había dejado una tarea. Tenía que buscarla.
Aquel día, era el primero de mis días de libertad, el contrato por el cual dejé a todos a la deriva, durante un largo tiempo, había llegado a su fin. Y en todos estos pensamientos que rodeaban mi cabeza, me encontraba justo al frente de la puerta de mi casa. Mis manos temblaban, escasamente podía mantener el equilibrio, no lo niego, tenía miedo, de ver a aquellos a quienes había dejado a su suerte, ¿cómo me recibirán?, ¿por lo menos me recordarán?, eran preguntas que pasaban una y otra vez en el extenso firmamento de mi mente.
Finalmente, me decidí a salir, el tiempo era pertinente ya que tenía una cita, bueno, dos. La primera, con una buena cantidad de amigos y compañeros que celebrando algún evento casual se reunían en el lugar donde solíamos un año atrás jugar videojuegos luego de clases en el colegio, o luego de la reunión grupal, los sábados, o simplemente cuando nos encontrábamos en el centro de la capital. Y la segunda, con una mujer que particularmente estaba interesada en mi retorno y quería hablar conmigo. Realmente me pareció muy normal dadas las condiciones de relaciones de amistad que mantenía con el resto del grupo pese al punto final que le había dado a su relación y que en cierto modo la incomodaba en esa situación en particular.
Mientras estaba en el bus camino al punto de encuentro, pensé en algún lugar que me diera una pista para encontrar a mi arquetipo, no se me ocurrió nada, solo un tiempo, del cual poco disponía, era mi única alternativa para esta respuesta. El bus paró en la carrera 10 con calle cuarta, había sucedió algo unas cuadras más adelante ya que había tráfico, y aunque podía bajarme en ese sitio y caminar unos metros más, decidí esperar. Así que para matar el tiempo me puse a mirar a mi alrededor, había una niña llorando en uno de los asientos que estaban a mi espalda, junto a ella un sujeto que trataba de calmarla con una muñeca, atrás de él, alguien molesto por la música de ambiente del bus y al lado de él una mujer enojada con la música y con el llanto de la niña. Decidí mirar afuera, era inútil, sólo veía vehículos que con sus pitos pretendían abrirse paso, pero en ese preciso momento, un aroma llamó mi atención, era ese aroma, del cual emanaban las rosas.
Una señora de avanzada edad, tez morena, con una gorra en su cabeza subió al bus a vender flores de distintos tipos, tengo que reconocer, que nunca escuché los precios, sólo oía que ella hablaba de las características de cada una de las flores mientras insistentemente señalaba tres tipos en particular, una orquídea, una flor de la cayena y una rosa.
-Tres historias que florecieron a su manera
Al sentir el aroma y al ver todas esa flores en un recipiente plástico, inmediatamente una imagen recorrió mi cabeza, era un sueño, con una flor en la cima de una gran montaña, en un suelo árido, la cual era picoteada por tres cuervos, y que por una serie de circunstancias ya descritas en una oportunidad anterior, terminó con una cúpula y yo exclamando como una promesa que la protegería. Pensándolo bien, no es la primera vez que los hechos que me han rodeado a lo largo de mi vida tengan que ver con flores, realmente y en ese momento entendí que por lo menos habían sido tres. Uno, era justo con una orquídea que regalé a la ex novia de un amigo, y que es determinante en una historia de mi pasado, una flor de la cayena que es precisamente la flor típica de Barranquilla, y que me recuerda una promesa, que pensándolo bien puede ser contradictoria a la promesa hecha a mi arquetipo, y finalmente una rosa, cuyo símbolo tendría un alcance inimaginable que aún desconocía en ese instante, estando de pie en ese bus y divagando mientras la señora de las flores seguía su pequeño pero sutil discurso.
La primera historia se desarrolla un sábado, cinco meses antes de haber firmado el contrato con la Soledad, era de mañana y recorríamos las calles de la candelaria, y la persona quien ficticiamente era mi novia, caminaba de la mano con un amigo mío, susurrándole algo al oído y acariciándolo, a lo cual él no le era indiferente; paradójicamente yo estaba atrás, caminando con la novia de mi amigo, mientras ella miraba a su mejor amiga con su novio y lloraba. En ese momento tuvo más incidencia en mi corazón un arrebato de venganza, tal vez odio, que la compasión que sentía por mi compañera de similar tristeza a mi lado. En un instante pasamos por una florería, la tomé a ella de la mano, le pedí que entráramos. Le dije que eligiera una flor, tomó una orquídea y se la regalé, en un instante pasamos de ser meros espectadores al centro de atención, y era ahora mi amigo quien lloraba, mientras mi presunta novia le dijo (y por eso le digo “presunta”) que no iba a permitir que yo la alejara (su amiga) de su lado (mi amigo). No eran las palabras que deseaba escuchar, y más de la persona que tantas veces me había afirmado que le gustaba y con la cual teníamos planes de tener dos hijos, siendo el niño un hombrecito que no estudiara en mi colegio, porque a ella no le agradaba el modelo educativo.
Pero las inconsistencias de la persona que realmente quería en su momento, no terminaban ahí, tengo la teoría de que mi mente es un patrón sicológico que se repite constantemente, teniendo por adrenalina, terminar relacionado con ciertas mujeres con cierto perfil determinado, hay algo en común con este personaje y con la que posteriormente sería la niña de la luna maldita, ambas aman explorar entre distintos labios en una misma situación espacio-temporal, sólo que mi presunta novia quería explorar en los labios de mis amigos. Y es una situación que quería repetir con otro de mis amigos, lo cual me llevó al borde de un desastre. Eran tiempos difíciles, dadas las circunstancias, dadas las pocas opciones y escasas alternativas, esta mujer era una carta de salvación. Pero cuando dicha carta resulta ser una sentencia de ejecución, el cambio intempestivo de sentimiento hace que el sujeto a quien veía llegar su buen azar, exteriorice su inevitable destino, acumulando otros recuerdos nostálgicos y cometiendo una estupidez.
Una semana después del suceso de la orquídea, y luego de ver, una carta de mi presunta novia dirigida a su amiga, escrita con sangre, que por si fuera poco, además tenía un serio problema de autoestima que la obligaba a lastimarse cortándose alrededor de las venas de sus brazos y de sus piernas para sentirse viva. Mi mente entró un estado que me llevó a una llave para una rápida salida.
Aquel día era caluroso, yo me encontraba en una plaza cerca de la avenida Jiménez, mis ojos estaban cubiertos de lágrimas, y me golpeaban constantemente las imágenes de mi presunta novia queriendo llegar a los labios de mis amigos, bajo la excusa compasiva de sus instintos suicidas. No pretendía experimentar sus razones, solo quería salir de una vez por todas de aquella y de muchas otras encrucijadas, y fue en ese preciso momento en que me encontré en una situación de total debilidad, y mi desenlace pudo ser el determinado; solo una persona me sacó de aquel estado, y aunque él siga actualmente bajo las enseñanzas del movimiento del falso profeta, es una persona que realmente merece estar en la buena situación en la que se encuentra. En ese momento, él llegó a aquel sitio y podría imaginar lo que vio con sus ojos, a alguien sentado, cariz bajo, con un vidrio de alguna botella rota de cerveza y con unas cortadas en su muñeca derecha. Esa situación es tal vez un precedente, para que algún ente que no ha dejado mi mente, inspirado, logre su cometido. Haber salido ese día de aquella situación, fue el florecimiento de la orquídea.
Volviendo a la vendedora de flores, mientras explicaba el incómodo pero apaciguante suspiro ideal que representan las rosas, yo observaba fijamente la flor de la cayena, símbolo patrio de Barranquilla, la tierra que como dije en cierta oportunidad “tiene mi corazón”. Es una historia que añoré en mi etapa de soledad, era ella, la niña de barranquilla, el símbolo de una mujer ideal con la cual me gustaría vivir en esa tierra de sueños y de encantos. Es una historia que ya conté con sus detalles, sólo quiero retenerme en un punto.
Es verdad, podría decirse que terminamos por mensajes de texto, pero mentiría, ya que de por si la relación era muy incómoda debido a su particular situación familiar. Pero ese día, en que nos mandamos los mensajes, recuerdo, justo al lado del escritorio donde estaba ubicado su computador, un par de flores de la cayena. Era un momento incómodo, todo era silencio, la casa estaba llena y realmente no podíamos hablar de los problemas de nuestra larga – distante, pero inestable relación. Entonces, saqué mi celular, era extraño, pero paradójicamente reiterativo. Construimos todo a partir de mensajes, y en mensajes, debía acabarse, y ella comenzó esta secuencia de mensajes:
- ¿Me quieres decir algo?
A lo cual yo tomé mi celular y le respondí:
- Si, la verdad es que yo creo que esto no puede seguir así, mira, ayer mientras bailábamos descubrí algo.
- Entonces dejemos esto hasta ahí, replicó.
- Yo no puedo ser el novio que necesitas en este momento, mírame, vivimos muy lejos, y hay muchas cosas, que necesitas de alguien que ames y que realmente no te voy a poder dar. Por el momento dejemos así, pero por favor, recuerda esto, nuestro problema, es sólo de medios, si yo tuviera los medios, te llevaría conmigo para Bogotá.
Leyó el mensaje, no escribió nada y me devolvió el celular, y en ese momento escribí:
-Sabes que, te prometo algo, yo voy a luchar hasta el cansancio para adquirir los medios, y cuando los tenga, voy a volver, no como un soñador que te adora desde la distancia, sino como un hombre que ha venido por ti, yo te prometo, que la próxima vez que pise Barranquilla, será para llevarte conmigo. Y bajo esa promesa, la flor de la cayena, floreció.
Ahora, tenía un pequeño problema, mientras la señora me ofrecía una rosa viendo que no dejaba de mirar todas las flores, tal vez queriendo asegurar la venta, yo me encontraba, en tan solo un día libre del contrato con la Soledad, en mi primera contradicción. Yo le prometí a mi niña de Barranquilla que volvería por ella, pero tan solo un mes atrás, le prometí a mi arquetipo que la buscaría y que uniríamos nuestros caminos para no separarlos. La respuesta más sencilla sería decir que mi niña de la flor de la cayena es mi arquetipo, pero hoy, reflexionando en Cruces, mientras la lluvia nos despoja del calor y de nuestros sueños y estoy a unos pasos de llegar al vacío de la nada, y al tiempo en que siete sujetos cuyo rostro desconozco se lamentan y lloran por siete motivos distintos que muy bien conozco, hoy, en dicha encrucijada, te puedo asegurar, que mi niña barranquillera, no es mi arquetipo.
Pero en el momento en que me encontraba en ese bus, esperando a que avanzara y mientras la señora se exasperaba porque no daba respuesta a su promoción de una rosa y una tarjeta de “te adoro” por $2.000, como no sabía realmente a quien estaba buscando, no descartaba tan lógica posibilidad.
Viendo tan dramática escena de la señora con aquella flor en su mano dirigiéndose a mí y con todos los pasajeros mirándome, decidí sacar un billete de mil, entregárselo por la rosa (no me interesaba la tarjeta realmente, y menos porque era de esas con sonido musical que estremecen incómodamente los oídos de quien las escucha). Y es así como tuve una rosa en mis manos.
El único recuerdo que tenía de una rosa, era un sueño, el cual, no sabía a quién atribuírselo, o no sabía si realmente era relevante para mi búsqueda. Pero hoy, en Cruces, donde la mente y la realidad pierden su línea limitante, debo confesar algo, la rosa, es mi flor favorita. Una vez lo hice, y lo volveré a hacer, dejaría mis sueños, por esa rosa, todo puede esperar, con tal de que la persona que la representa esté bien y sea una persona feliz.
Déjame contarte algo de Cruces, es un lugar creador especialmente para el usuario, te azotan la mente, usan tus sueños para torturarte y se ríen de lo que alguna vez quisiste o deseaste. Según tengo entendido, cada persona tiene su propio Cruces, dentro de sí, aunque lo llamen de otra forma, y tenga fines distintos, pero mi lugar, está en un estado, que no sólo llega a mi mente, sino que desdibuja mi realidad. Cuando te crucifican junto a tu conciencia, es porque el juego lo está ganando el rival, y todo, absolutamente todo, se reduce a un paso, literalmente hablando. Aquí en Cruces, mientras rememoro todos los relatos de mi búsqueda, y dieciocho meses después de presenciar lo visto en aquel pasillo en el punto necesario de partida, tengo que confesar algo, mientras recuerdo múltiples pasajes con mi rosa que nos marcaron la vida. Tengo que confesar que ella es como el viento, puede tomar cualquier rumbo, dependiendo de un clima que la circunde. Pero tiene una facultad de elegir, esa decisión, y esa perseverancia, hacen que cada paso que dé, que cada camino que siga, me lleve a ella. Es un punto de referencia para mí.
Y mientras aquí en Cruces, me lamento por no decirle cosas que debí decirle, por ocultar otras y mentirle en situaciones que no debí mentirle, me doy cuenta que si mi castigo en vez del inevitable, fuere otro periodo de soledad, siendo esta vez eterno, pediría como el último deseo de un condenado, pagar mi pena junto a una rosa, y que me den los elementos para cuidar de ella, para que nunca se marchite. Todo esto, es por y para recordar a la persona que simbolizó en mi vida dicha rosa, ya que considero, que si mi eternidad es la soledad, es mejor estar solo junto a un buen recuerdo que totalmente solo, ya que el buen recuerdo da fortaleza, y esa rosa, me inspira luchar. Ella no ha florecido, espero verla florecer si salgo de Cruces, y de paso pedirle una disculpa. Todo lo que aconteció con ella, es un futuro que en ese momento dentro de ese medio de transporte público desconocía, era una historia aún no escrita.
No avanzaban los vehículos, era ensordecedor el ruido de los pitos y ya estaba tarde para el rencuentro con mis conocidos, sólo me bajé del bus, y aunque tenía que caminar desde la 10ma, hasta la 19, ese tiempo me serviría para pensar todas las preguntas que rondaban en mi cabeza desde que me encontraba en la puerta de mi casa. Caminé unos cuantos pasos, y logré observar la causa del problema de movilidad. Era un sujeto, de tez morena, anciano, con una barba blanca que llegaba hasta su pecho, y estaba semidesnudo, tan sólo cubierto por un trapo de color café. Parecía sacado de alguna tribu, una afirmación apoyada en unos collares hechos de madera que cubrían su cuello, y en un bastón largo que tenía en su mano izquierda, que estaba finamente tallado por figuras, como si fueran hechas por los mismos artesanos precolombinos y cubiertas en oro, como si fuera un encargo hecho a través del tiempo a un habitante Tayrona, o tal vez algún regalo de un Kankuamo que aún habite en la Sierra Nevada de Santa Marta. Este peculiar sujeto apuntaba a todos los impacientes conductores y a los inquietantes espectadores con su bastón, tal vez vaticinando a todos un futuro inevitable. Me acerqué a él para escucharlo, y aunque sabía que no compartiría lo que diría dado que hablaba en algún dogma, queriendo ser profeta de su propia idolatría e imponiendo a su alrededor a compartirla, simplemente quería matar el tiempo que realmente no tenía. Sus palabras, se me han quedado presentes en el transcurso del tiempo, incluso aquí, en Cruces, mi destino final. Él tomo dos habanos que estaban en un recipiente de porcelana que se encontraba en el piso a su lado derecho. Los fumó sólo una vez, aspirando lentamente y botando el humo, dando algunas vueltas sobre sí mismo y realizando alguna especie de baile mientras se dispersaba. Y caminando por todo el espacio, procurando verlos a todos a la cara dijo algo como lo siguiente:
“1, 2, 3, los fantasmas que despojan a la Panchamama de su origen puro, carcomen la piel de los insensatos entre serpientes que brotan de fuego su veneno. Vestido está el hombre de gris para el rito y los cánticos, y para abrir las ocho puertas de los siete buitres para dar entrada a la diosa muerte. Voraces, voraces siguen alimentándose de lo que sueña el que volvió de su letargo ¡Para, camina!, son elaborados los planes de ella, Maitrella, la dama que juega entre la ilusión y la realidad. Un rayo de luz, sólo eso bastará, para que el que dice proteger, el que dice regresar, el que se siente la solución de la masa que sigue las órdenes de un ídolo, caiga en su propia trampa y se ahogue en su propia sangre, ¡este es el fin del mundo!, ¡es el fin!”
La policía que en realidad no estaba lejos del lugar llegó para llevarse a la fuerza al sujeto y restablecer el orden de la calle. Este hombre salió corriendo y se dirigió hacia mí, por reflejo salté hacia atrás. Un policía logró capturarlo y mientras él y el policía caían al suelo, este hombre me arrebató la rosa que llevaba entre mis manos. La verdad no iba a pedírsela de regreso, y pensándolo bien era bueno no tenerla en mi poder, ya que podría despertar cierto malestar con un amigo mío si la entregaba a la persona de mi segunda cita, y sería un mal comienzo para esta nueva etapa de mi vida. No quería llamar la atención, me disponía a irme, pero algo me detuvo, el sujeto inmovilizado dijo lo siguiente:
- “Todo es una trampa, no quería encontrar a mi entelequia, pero todo fue muy elaborado, ahora cargo con Loto, soy el guardián de las ocho puertas. Y al mismo tiempo para ustedes soy un loco, ¡entonces, quien soy!, esa pregunta deberían hacérsela ustedes, paganos cretinos. Ustedes no se definen, ni consisten, solo siguen un becerro de oro creyendo ser la solución de sus problemas, creen ser una palabra, un arrebato, un rayo de luz que atraviesa las ventanas de sus casas, ¡quienes son!, ¡quienes!”.
-“cállese loco”, dijo el policía. Y la multitud llena de alegoría aplaudía al eficaz policía mientras insultaban al “loco del centro”, como así lo llamaban algunos vecinos del sector. Todos los vehículos volvieron a circular libremente por las calles, pero ya me había bajado del bus, y no pretendía tomar otro por unas cuantas cuadras, así que me dispuse a caminar. El tiempo, pasó muy rápido, dejándome sin un instante siquiera para pensar lo que necesitaba ordenar en mi cabeza, así que en menos de nada me encontraba frente al sitio de videojuegos, y desde lejos podía ver a mi amigo, que no sentía siquiera nostalgia por el fin de su inesperada relación, sólo jugaba la consola que combina pistas de música y se utilizan las manos. Sentía una gran confianza, por un momento sentía que mi mundo se hallaba a la expectativa, tenía la fuerza de haber sobrevivido a la soledad y el motor de mi arquetipo, que me impulsaba a actuar de la forma más coherente para lograr el objetivo de mi búsqueda. Entré al lugar, y una imagen me conmocionó, estaban todos mis conocidos, o por lo menos los que realmente me importaban, y entre estos como opacando el selectivo grupo, un sujeto de cabellos rizados y cara de niña, que dijo a dos amigas mías que viven fuera de la ciudad, “disculpen”, y acercándose a mí, me abrazó llamándome con un apelativo cariñoso y diciéndome “cuanto tiempo sin verte”, hablándome de esa forma como si habláramos entre mujeres pintándonos las uñas, y con un falso interés, ya que ni siquiera sabía porque yo no había estado entre ellos durante casi seis meses. Y volviendo con sus amigas, él siguió hablando de las ventajas de la literatura y como Dios lo había iluminado para entender el secreto del funcionamiento de los grupos juveniles (¡cómo si los grupos fueran una máquina!), desde ese día a ese sujeto lo llamé por su nombre en diminutivo, es una forma para que el cretino se sienta querido, y yo esté contento de llamarlo de tal forma tan denigrante, minimizándolo a su más patética humana expresión. Para esta historia, él se llama Juan, y siguiendo mi regla, me referiré a él como Juanito. Atrás mío, otro amigo mío me saludó y me dijo lo siguiente: “porque te perdiste tan feo”. Lamentablemente ya era un problema general, en mi ausencia, el cretino había contaminado las mentes de mis amigos, yo sabía que no era tarde para hacer algo al respecto, yo no quería volver a un mundo rosita, así que era el momento para probar ese don, ese que la Soledad, mi irreprochable amante me había concedido, y que cambió de finalidad cuando conocí en su forma elemental a mi arquetipo. Yo sabía que era un problema general, porque todos, absolutamente todos se referían entre ellos en “tu”, hablando de una forma más masculina irónicamente las propias mujeres.
Y terminando su juego, se acercó a mí, mi mejor amigo, que no dijo nada, lo cual era para mí un descanso dados los mundos “rositas” (en diminutivo), creados en las mentes de mis amigos por Juanito. Él me abrazó y luego de unos segundos me dijo “bienvenido”. Sólo él conocía a la perfección la historia de mi desaparecimiento, y él era un motivo para regresar. En ese instante sonó mi celular, recibí un mensaje de texto, era de aquella mujer, que sería mi segundo compromiso del día, avisándome que venía en camino. Tenía que aprovechar el poco tiempo del que disponía para hablar con mi amigo y tener por lo menos de esa forma argumentos para conversar con la otra señorita, ¿Qué me depararía?, ¿necesitaría ella algo?, ¿eso sería importante? Era algo que conocería en las próximas horas. Hasta el momento el día era bueno, había salido de mi casa, compré una rosa y había visto a dos profetas, el primero para mí el verdadero, y el segundo falso. Tal vez el primero en la cárcel, y el segundo libre contaminando las mentes con sus estupideces. Corregir estos errores y descifrar varios enigmas que sacudían mi mente, era mi destino.

En los próximos días capítulo III.
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