Su aroma no abandona mi cuerpo,
no olvido la danza de sus piernas,
ni la curiosidad de su boca entre las mías,
bailaba en mis caderas gritando a la almohada.
Lo nuestro era un contrato,
era un arrendamiento de su cuerpo,
no pactamos el amor entre las cláusulas,
su tenencia valía un precio,
¡te he usado y has recibido el pago!
Lolita apareció entre las cortinas,
de un lugar en que los hombres,
emborrachan su desdicha
en la facilidad del placer colectivo.
Sus labios alcanzaron mis oídos,
y tomando su mano suscribí el contrato.
Llegamos a un frío cuarto,
las paredes exhumaban gritos,
y los gemidos movían los colchones.
Ella me guió por ese viaje de bajos deseos
dirigiendo mi boca al lugar adecuado,
el sudor de nuestros cuerpos, los suspiros,
el cuarto era testigo de éstas almas taciturnas.
¡Oh Lolita, que motivos te impulsan en esta dirección!
poco entiendo sus razones, su humanidad es un objeto
que se trade a quien disponga de los medios.
Me siento vacío, desolado,
es un sentimiento del que ella no es culpable,
ella tenía un negocio y yo un propósito,
cambiamos nuestros sueños
entre la relación del objeto y de su precio.
No hay motivo para borrarla de mi mente,
nunca nos veremos, ni diremos más palabras,
desearía que este momento no existiera,
y quisiera tenerla una vez más entre mis sábanas.
Lolita, fuiste tu quien apagó esa luz añorada
del sueño más humano de mi amor más íntimo,
y fui yo quien te condeno a un día más
de sobrevivir en este mundo de placer con desconocidos.


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