De algún velero en Francia
partió una mujer de rizada cabellera
a la tierra del olvido.
Tenía por capitán la desidia,
no buscaba un rumbo,
sólo quería irse, dejar atrás
un pasado imaginario y a un sujeto
que moría por verla sonreír.
Pasaba entre las olas y se guiaba por las estrellas,
en especial por una, tierna y lejana,
que era una remembranza de un pasado ideal
para la causa de su ausencia.
En alguna isla cercana a Creta
un sujeto encadenado por su propia mano
observa las huellas de un velero regadas por el mar,
mira el cielo, y observa esa estrella,
escribe en la arena dos mensajes,
uno para esa luz en el cielo y otro para su navegante.
¡Oh irónico paisaje, de sueños que se alejan!
¡naufrago, no es momento de ahogarte entre tus lágrimas!,
ahora sabes que tu estrella sabe
que mueres por tenerla entre sus brazos,
y en la soledad de tu isla sabes que
has perdido a tu doncella de Bordeaux,
ofreciéndole el universo en tu corazón.
Es hora de decidir encadenado caminante,
ambos sueños están lejanos en el cielo en el mar,
construye una barca, y dirígete en opuesta dirección.
El viento algún día los encontrará,
y desea, en un suspiro muy profundo,
que tal vez algún día,
tu embarcación cruce los mares hasta el cielo.


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